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Seguridad en la Alameda de Monterrey: carta a quien la cuida

Más de un millón de personas al año pasan por este parque. Una carta a quienes lo cuidan.

Mayo 28, 2026

Hay lugares que son de todos y precisamente por eso no son de nadie. La Alameda no. La Alameda tiene dueños: son las más de quinientas mil personas que cada mes la cruzan para tomar alguna de las más de cincuenta rutas de transporte que pasan por sus calles perimetrales: Aramberri, Pino Suárez, Washington y Villagrán. Son las generaciones de regiomontanos que aquí pasearon hace cincuenta años y que hoy regresan con sus nietos. Son las familias que el sábado y el domingo llenan sus andadores hablando español y más de cuatro lenguas indígenas, porque este parque es uno de los pocos lugares de Nuevo León donde México entero se da cita. Más de un millón de personas al año encuentran aquí un respiro.

Esos números, si los pensamos bien, son enormes. Tan grandes que, si la población que circula por la Alameda fuera un municipio, estaría entre los más habitados de toda el área metropolitana de Monterrey. Y tú, oficial, eres la autoridad de ese municipio invisible. No es poca cosa. Es de las responsabilidades más grandes que puede tener alguien que porta un uniforme en esta ciudad.

Existe una idea sencilla que los expertos llaman la teoría de las ventanas rotas. La explicaron James Wilson y George Kelling hace ya cuatro décadas, y dice algo que cualquiera entiende: si en un edificio se rompe una ventana y nadie la repara, pronto se romperán las demás. No porque la primera ventana importara tanto, sino por el mensaje que dejó sin reparar: aquí a nadie le importa, aquí se puede. El desorden pequeño no se queda pequeño. Llama a desórdenes más grandes, y esos a delitos. Pero la teoría también guarda la buena noticia: lo contrario es igual de cierto. Cuando alguien repara la ventana, cuando alguien demuestra que el lugar tiene quien lo cuide, el mensaje se invierte: aquí hay orden, aquí hay autoridad, aquí este parque le importa a alguien.

Ese alguien eres tú. Y la herramienta no es la fuerza: es tu presencia y tu palabra.

Cuando invitas a quien se quedó dormido en una banca, en el quiosco o en el pasto a que se siente, no estás molestando a nadie. Estás reparando una ventana. Todos los que pasan lo notan, y el parque entero se endereza un poco.

Cuando le pides al de la bicicleta o el scooter que baje la velocidad o que se baje —porque la Alameda no es una ciclovía y menos a toda prisa—, estás evitando el accidente que todavía no ocurre.

Cuando retiras a quien está evidentemente ebrio o intoxicado, estás cortando de raíz lo que la experiencia ya nos enseñó que sigue después: el que orina o defeca en el parque, el que acosa, el que convierte un domingo familiar en un mal recuerdo.

Cuando le recuerdas a alguien que su perro va con correa, que su basura va en el bote, que su bocina puede ir más bajita, no estás imponiendo capricho: estás cumpliendo el reglamento que te faculta y, sobre todo, estás cuidando a las otras mil personas que en ese momento también están ahí.

Por eso hay tres líneas que no se cruzan, ni dentro del parque ni en las calles que lo rodean:

  1. Cero tolerancia al consumo de alcohol.
  2. Cero tolerancia al consumo de estupefacientes.
  3. Cero tolerancia a la prostitución.

No son tres prohibiciones nada más. Son tres promesas que le haces a la señora que llega con sus nietos, al estudiante que espera el camión, a la familia que viajó desde su comunidad para pasear un domingo. Son el piso mínimo sobre el que se sostiene todo lo demás.

Porque la verdad es esta, y hay que decirla sin adornos: el equilibrio de la Alameda es delicado. Los números nos lo gritan. Tantas personas, tantos mundos juntos en un mismo espacio, a veces rebasan a la autoridad. Y cuando la autoridad se rebasa una vez, se rebasa la siguiente con más facilidad. La única manera de que el equilibrio no se rompa es la aplicación firme, serena y constante de las normas. No a veces. No cuando se puede. Siempre.

No estás solo en esto. La ciudadanía ya está haciendo su parte: reporta, levanta la voz, se involucra. En Centro Cívitas hemos visibilizado los problemas, propuesto soluciones y trabajado de la mano de la autoridad municipal para resolverlos, porque eso es el civismo práctico que enseñamos: no quejarse desde lejos, sino sumar. Y lo hemos comprobado: en los últimos años se ha logrado muchísimo, y se ha logrado precisamente cuando todos remamos en la misma dirección. La tuya es la parte que nadie más puede hacer.

Y no se nos olvida algo esencial: detrás del uniforme hay una persona. Tienes nombre, tienes casa, tienes familia que te espera. Por eso lo que más orgullo nos daría a todos es que tú, que cuidas la Alameda, también puedas disfrutarla: sentarte un rato, traer a los tuyos, vivirla como la viven el millón de personas a las que proteges. En Centro Cívitas llevamos más de tres años reconociendo a los elementos y llevando alegría a sus familias el Día de Reyes, porque cuidar el parque y cuidar a quien lo cuida son la misma cosa. Esto es un círculo virtuoso, y tú estás en el centro de él. Es un círculo que se sostiene con algo muy sencillo y muy valioso: la confianza. La que nosotros depositamos en ti, y la que tú nos ayudas a mantener cada día.

Cada vez que reparas una de esas pequeñas ventanas, un millón de personas al año reciben el mensaje correcto. Pocos trabajos en esta ciudad pueden decir lo mismo.

Gracias por cuidar la Alameda.

Gracias por sostener el equilibrio.

-o-

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